martes, 29 de marzo de 2011

Panem et circenses

Estadio Nacional. San José, Costa Rica.



"… Hace ya mucho tiempo, de cuando no vendiamos nuestro voto a ningún hombre, hemos abandonado nuestros deberes... todos, ahora se limitan a sí mismos y ansiosamente esperan por sólo dos cosas: pan y circo." Juvenal.


Espartaco sigue siendo famoso pese a tener más de dos mil años de muerto. Incluso HBO aprovechó su estrella para crear un híbrido del filme 300 y su propia serie, Rome. Un espectáculo de sangre y sexo digno de ver.

Pero hoy muchos saben más de Lionel Messi que del gladiador tracio que se hizo famoso en la arena  y que encabezó la rebelión de los esclavos en la agonizante república romana. Messi es Messi, diría un buen fan del balompié que difícilmente sabrá algo de historia universal y que poco le importa y nada le avergüenza ignorarla. Ortega y Gasset esbozaría una risilla maliciosa. 

A gladiador y futbolista los unen sus bajos orígenes: uno esclavo, otro de las clases populares argentinas; ambos, a su modo, son símbolos de  éxito o lucha en medio de la adversidad y un fenómeno de masas en la época que les tocó vivir. 

Messi, aún vivo y en su mejor momento, vino a Costa Rica para jugar un partido de selecciones. Su sola presencia desató furor y decenas de aficionados abarrotaron las calles aledañas al moderno estadio para verlo a él y a su equipo. El día del juego la emoción será desbordante en ese escenario donde la sangre no corre como en los tiempos del Coliseo, pero sigue enfrentando a hombres en una simbólica lucha tribal.

Decía el poeta Juvenal que los emperadores romanos echaban mano del entretenimiento y la comida gratis para ganar el favor del pueblo. La idea fue tan buena que sigue vigente. Hoy, muchos siglos después, en tanto los índices de calidad de vida caen lento pero seguro los gobernantes de turno -que no son otros que los de siempre con una cara distinta en la silla presidencial-  acuden al Panem et circenses para ahorrarse la tarea de explicarle a su gente por qué hoy se vive peor que hace 30 años y por qué padecemos de una alarmante concentración de poder que sonrojaría a los Ilustrados.

Nada, de poco importa, si le pedimos a Ortega y Gasset que deje de sonreírse y opine algo diría que el hombre masa está contento de ser como es, despreocupado de los demás y hasta alardea por ello. El mundo se derrumba a su alrededor y él, feliz, compra la entrada para ver a Messi e intenta decidir si vestirse con la camiseta de la albiceleste o la tricolor. 

Ya entrados en gastos y como para no irritar demasiado al pueblo, cómo explicar que el entretenimiento no es malo y que más bien es necesario para la buena salud de las personas y que, sin embargo, puede servir como opio de masas, atontándolas, volviéndolas dóciles y manejables; como explicar que la delgada línea que separa ambas cosas está rota y que hoy el  fútbol, o el espectáculo que sea, funge como una droga, como el Soma de Huxley para decirle a la gente que todo está bien, que vaya a ver el partido mientras que en el palco presidencial las sonrisas y los aplausos no son por las magníficas piruetas de Messi sino por lo fácil que es gobernar a un rebaño de irreflexivos.


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