viernes, 3 de diciembre de 2010

Filosofía de pre-escolar


No recuerdo nada de mis clases de catecismo. Fueron tres largos de mis primeros años y apenas puedo acordarme de la iglesia de la López Mateos y su aula adjunta, donde no sé cuáles voluntariosos catequistas dedicaron tiempo y esfuerzo para hacer de mi un buen católico.

Lo lograron por un tiempo, uno amplio, pero que llegó a duras penas a mi edad adulta para esfumarse en un esfuerzo introspectivo que quería saber qué había detrás de la cortina, allí donde se esconde las ideas, aquellas que me coquetearon desde mi primer libro de dinosaurios y el cuaderno que llené de estampitas de animales de la selva, el desierto y el mar.

Habría amado la filosofía, la amo ahora y juro que la amaría más de haberla conocido entonces, cuando niño, cuando las preguntas existenciales hacían gala de su mas expresiva inocencia, y cuando era tiempo de promoverlas no para darle una respuesta definitiva al mundo sino más bien para no dejar de preguntar nunca, como debe ser.

Ahora es moda filosofar en Francia, no sé si pueda llamársele así en una cultura que parió a Montaigne, Descartes, Sartre, Camus y otros tantos, y que para pesar de estimados y respetados  filósofos académicos acoge al Rock Star de la filosofía contemporánea gala: Michel Onfray,  de cuya doctrina del placer y la inmanencia me declaro adepto.

Filosofan los pre-escolares, filosofan los parisinos; filosofan en los cafés, en los auditorios y en los bares, y en la Universidad Popular de Caen que dirige Onfray sin entregar títulos a nadie ¿Cuándo empezamos a filosofar nosotros de esa manera? ¿Cuándo nos dejará de dar pena admitir que filosofamos a solas o acompañados, sin confesarlo? Tal vez ocupemos menos catecismo...



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