martes, 7 de diciembre de 2010

Aquí está mi carta ¡renuncio!



De: http://www.apostasiacolectiva.org/
"-¿Para qué motivo es muchacho?"- me dijo amablemente la secretaria de la oficina parroquial de la céntrica  iglesia La Soledad antes de proceder a alistar mi fe de bautismo. -"Para un requisito que me pidieron para el matrimonio"- mentí satisfecho, creyendo que así me libraba de una pregunta incómoda que no me interesaba contestar.

Fallé, pero la señora no insistió en  conocer el motivo real, lo que me alivió, pues no tenía ganas de explicarle que era para apostatar de la iglesia católica y con ello  exponerme a una dilación del trámite.

Así, muy cerca del 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, con constancia de bautismo en mano me dispuse a redactar mi carta de apostasía, dirigida al arzobispo de la diócesis de San José de Costa Rica y que le presentaré ese día en acto público frente a la Curia Metropolitana.

¿Para qué apostatar? es la segunda pregunta que escucho con frecuencia luego de ¿Qué es apostasía? Es curioso como tanta gente desconoce que uno puede renunciar a una doctrina religiosa. Yo ya lo hice  intelectual y espiritualmente hace algunos años pero no está de más hacerlo oficial: renuncio al catolicismo romano con plena conciencia de mis razones para hacerlo -"¿por qué?"- me preguntan, y yo respondo -"porque no me representa."

No renuncio por ser ateo, igual lo haría de ser creyente, es que simplemente no tengo capacidad para excusar a una entidad que es impresentable, que da vergüenza y que es hasta imperdonable. Los hechos de su pasado remoto y reciente abundan y los ejemplos de su triste presente sobran. 

No quiero que me usen, me niego, me estremezco al pensar que conmigo en sus listas de bautizados levantan su nociva voz para negar derechos humanos básicos; no soporto pensar que en mi nombre han promovido la explosión demográfica, la miseria y peor aún la ignorancia, privado a millones de la posibilidad de mejorar sus vidas solo porque su doctrina está peleada con la innovación y el cambio.  

Me asqueo al pensar en su concubinato con el poder a cambio de contaminar las leyes con sus dogmas, en su malsano discurso de la resignación para que otros y ellos mismos mercadeen en las urnas y en la bolsa. Pienso en las incontables vidas que pasaron creyendo en sus falsas promesas y no puedo sentir más que indignación.

No puedo aceptarlo, no puedo, lamento la debilidad de mis congéneres, tan incapaces de sacudirse de las muletas metafísicas por temor a la mortalidad y al sinsentido pero lamento y condeno aún más a aquellos que hacen negocio con ello. Los primeros son reprochables por temerosos pero los segundos son imperdonables por cínicos.

Como dije antes: renuncio, por favor sáquenme de sus listas, no usen más mi nombre, ustedes no me representan, yo no los elegí ni tampoco una voluntad divina lo hizo. Su poder es tan humano como el miedo, es inmanente no trascendente, no hay nada de santo o sagrado en sus templos, ni reliquias ni santos. Lo suyo es historia, digna de estudio e interés antropológico pero nada más. Basta de engaño, aquí está mi carta ¡renuncio!

2 comentarios:

Azopfeiffer dijo...

Estoy básicamente de acuerdo con todo lo que decís, lo que se me hace equivocado es hacer esta renuncia en colectivo y con tanto boom. Yo renuncié a la religión católica hace mucho tiempo, de manera silente y no pienso oficializarme ante una institución en la que no creo.

César dijo...

La apostasía es un acto político y simbólico, es dejar constancia al mundo de tu desacuerdo con esa institución.

Hacerlo público más que un show es demostrar que no solo sos indiferente sino consciente de que no quieres que usen tu nombre para promover dogmas, ideas o programas que lesionan los derechos humanos y la dignidad de las personas. No apostatar es permitir que tu nombre siga en sus listas de bautizados y que te utilicen para perseguir esos fines.