lunes, 13 de septiembre de 2010

Liberté, égalité et fraternité en la máquina del tiempo



Nancy De Lemos *
Para casi todos, las máquinas del tiempo no son más que un invento salido de la loca imaginación de autores de ciencia ficción. Yo misma pensaba así, pero recientes acontecimientos me están obligando a reconsiderar mi posición.
Y es que en las últimas semanas he tenido la idea descabellada de que tal vez estamos en una enorme máquina del tiempo pero no nos damos cuenta. Hay señales claras de que somos testigos, y a veces hasta protagonistas, de eventos que ya se han vivido en el pasado. Si no, que alguien me explique cómo es que las mujeres salen hoy a la calle con los terribles pantalones tubo, leggings y fajones de colores al mejor estilo de Madonna en los 80.
Pero las señales no siempre son tan inofensivas, anecdóticas y superficiales como la moda. Lamentablemente, el simple hecho de ojear los periódicos me ha hecho pensar que, en efecto, la historia es como una serpiente que a ratos se muerde su propia cola en movimientos circulares (no en la línea de tiempo que nos enseñaron en el colegio) que nos impiden avanzar al ritmo que debiéramos como sociedad. Para muestra un botón:
“Debe mostrarse honradez, decencia, fidelidad y camaradería cuando tratamos con personas de nuestra misma sangre, pero con nadie más. Lo que le suceda a un ruso o a un checo no me interesa en lo más mínimo”.
“Siempre es necesario que haya uno (un inmigrante). Cuando hay uno no importa, es cuando hay muchos cuando aparecen los problemas”.
Las similitudes de pensamiento detrás de tan célebres citas saltan a la vista; su diferencia es un asunto mayoritariamente temporal. Heinrich Himmler, comandante de la SS alemana, se refirió de esa forma amable y bondadosa a checos y rusos en medio de la II Guerra Mundial. El año pasado, Brice Hortefeux, ministro del Interior de Francia, fue grabado mientras hablaba sobre los inmigrantes tomando como ejemplo a uno de sus propios compañeros de partido, pero de origen magrebí, durante una fiesta con militares de su país.
¿Y qué tal estas palabras de Adolf Hitler para llenar a sus compatriotas de miedo allá por 1939? “Existe un mal que amenaza a cada hombre, mujer y niño en esta gran nación. Debemos tomar medidas para garantizar nuestra seguridad nacional y proteger nuestra patria”.
Cualquier parecido con declaraciones como “los disturbios han mostrado de nuevo que hay problemas con algunos miembros de la etnia gitana”, “el Gobierno seguirá realizando una lucha implacable contra el crimen. Es una guerra que llevaremos contra los traficantes y los delincuentes”, o “estos incidentes subrayan cierto tipo de comportamiento entre algunos de los inmigrantes y los gitanos” (todas salidas de la boca del presidente francés, Nicolás Sarkozy, en julio pasado)  ha de ser mera coincidencia.
Los ejemplos abundan, pero  la realidad actual nos lanza a la cara números que no podemos dejar pasar: desde finales de julio, Francia expulsó a unos 1.000 gitanos de origen rumano y búlgaro; unos 100 campamentos ilegales han sido desmantelados por la fuerza mientras Sarkozy liga a los gitanos con la delincuencia y tilda los campamentos en los que viven como “fuentes de narcotráfico, explotación de menores y prostitución”.
La situación es tan preocupante que la ONU llamó a finales de agosto a Francia a evitar los discursos políticos discriminatorios, mientras que la Comisión Europea hizo comparecer a las autoridades francesas en Bruselas para que defendieran la legalidad de sus acciones. Hasta la iglesia católica ha criticado a Sarkozy por su guerra abierta contra esta minoría, y ni qué decir de la oposición, organismos no gubernamentales y hasta miembros de su propio partido.
A principios de septiembre se realizaron multitudinarias manifestaciones tanto en Francia como en otros países europeos en contra de las políticas racistas del presidente galo, quien en una actitud sorda y prepotente pretende además quitar la ciudadanía a los delincuentes de origen extranjero, entre otras ocurrencias para llevar a cabo “la limpieza que salvará a Francia”.
Jean-Pierre Grand, diputado oficialista francés, dijo a la prensa de su país que “este tipo de actuaciones sólo sirve para una cosa: para colgar al Gobierno la etiqueta de abominable”, y añadió que “estos métodos recuerdan a las redadas nazis contra los judíos en la II Guerra Mundial”.
Desde mi posición de espectadora al otro lado del Atlántico, no puedo más que concordar con Grand, y llenarme de tristeza y miedo ante el sinsentido que aceptamos como realidad inevitable.
Estamos repitiendo la historia; repitiendo discursos, odios y miedos; repitiendo un camino que ya sabemos lleva al desastre. La excusa es también añeja y gastada: la crisis, el miedo a la amenaza interna o externa, pero siempre viniendo del otro, del diferente, que usualmente es además una minoría.
Lo peor es que estos locos llenos de odio son ampliamente apoyados en muchas partes. Ya no tienen que tomar el poder por la fuerza, ahora ganan elecciones democráticas y la gente aplaude sus demencias.
Lo que más me asusta es el altísimo riesgo de contagio de estas ideas nacionalistas pasadas de moda y que, ingenuamente, jamás habría pensado serían viables en un mundo globalizado. La peste de la xenofobia, como cualquier otra plaga, se esparce con rapidez si no se le controla a tiempo, y la comunidad internacional se está quedando corta y reaccionando muy lento -para variar- ante las nuevas que llegan a diario desde París.
Por ahora, Italia ha anunciado su interés en aplicar medidas similares a las francesas en contra de los gitanos, pero las ong’s defensoras de derechos humanos alertan de que la situación podría repetirse muy pronto en otros países de la Unión Europea. El miedo y la incertidumbre facilitan el asenso de los fascismos, pero parece que nos hemos olvidado de ello.
De este lado del charco, los estimables republicanos impulsan un proyecto para que los hijos de inmigrantes ilegales nacidos en Estados Unidos no tengan la nacionalidad de ese país.
¿Será que la máquina del tiempo nos llevará de vuelta a un mundo de gobiernos nacionalistas? Para no hablar solo desde mi limitada percepción (que de repente puede resultar un tanto pesimista o quejosa para algunos), repasé algunas definiciones de nacionalismo. Resulta que tres de sus características básicas son “la identificación de los enemigos o chivos expiatorios como una causa unificada, la obsesión por la seguridad nacional y la obsesión con el crimen y el castigo”.
Ante la evidencia de nuestra propia necedad solo me quedan un par de preguntas, ¿dónde o cómo se apaga esta máquina del tiempo macabra que nos devuelve a episodios penosos de nuestra historia? y ¿cómo detenemos la peste para evitar que nos termine enfermando a todos?
Hoy más que nunca necesitamos recordar los ideales de liberté, égalité y fraternité, antes de que nos sean arrebatados por maniáticos con poder.

*Articulista invitada.
Articulo publicado originalmente en la Revista Paquidermo 

2 comentarios:

Azopfeiffer dijo...

Felicidades por tu segundo año, comenzamos más o menos al mismo tiempo y nuestros blogs ya han tomado vida propia y nos han ayudado a terminar de conocernos.
Hay que brindar por eso con champagne del barato, jajajaja

César dijo...

Pura vida, el 30 de setiembre serán dos años ya, vamos a ver que pasa.

Salud!