lunes, 23 de agosto de 2010

Repensar la fe



En la época de colapso moral de las instituciones religiosas, una vieja propuesta para los que quieren seguir adheridos a la idea de la fe.


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Mientras Harriet,  -su esposa, inspiración y cómplice intelectual- agonizaba por la tuberculosis, John Stuart Mill desahogaba todo su dolor en el papel y la tinta. Fue en aquellos días negros que el autor  del ensayo Sobre la Libertad escribió su Diario, un librito con reflexiones profundas y sensibles, llenas de sus pensamientos invaluables y revestidos de sus sentimientos más auténticos y descarnados.

Pese a la lenta y terrible agonía de su mujer "no debería haber muertes lentas", se quejó en aquel texto de dolor, el filósofo inglés no cedió un ápice a su agudo sentido crítico, que incluía algo que, dado su amor por Harriet, le habría traído, según afirman muchos otros, consuelo a su angustiado corazón: la idea de la vida después de la muerte. Sobre esto así se expresó Mill:

"Una persona que está deseando convencerse de la existencia de un estado futuro, si es mínimamente cuidadosa a la hora de aceptar pruebas, se sentirá amargamente desilusionada con todas las pruebas a favor de tal estado. Basándose en evidencias así, nadie podría creer en las más universalmente aceptadas cuestiones del hecho. Todas las pretendidas pruebas filosóficas descansan en la suposición de que los hechos del universo tienen necesariamente alguna relación con las fantasías de nuestra mente."

Fue así, con un ligero ejercicio mental,  como el escéptico  pensador descartó sin dificultad una antigua y popular idea que, sin duda, consoló a muchos como él, a la sombra de una pérdida terrible. Hay que considerar el valor de Mill para divulgar lo que pensaba, aún en la segunda mitad del siglo XIX hombres y mujeres de todos los estratos sociales  sucumbían, antes de los 50 años, a enfermedades hoy curables; el mismo Mill, hombre próspero y culto,  falleció a los 67 años por una de ellas, en 1873, cuando ya había proyectado que las personas del siglo venidero vivirían más de setenta años. 

Pero basta de rodeos, si bien junto a Mill, mujeres  y hombres destacados del pensamiento de su tiempo y del nuestro lo acompañan en su escepticismo, e incluso manifestaron abiertamente un descreimiento a prueba de impopularidad, es casi  innecesario recordar que un porcentaje aplastante de seres humanos de hoy todavía creen en algún tipo de sobrevivencia a la muerte biológica del cuerpo, sean ellos cristianos, musulmanes, budistas, animistas o deistas al estilo Voltaire. Usted, el que lee, es casi seguro que entra en alguna de esas categorías y si no, no se emocione, este artículo no habla de las razones para creer lo contrario.

Este articulista, siendo del equipo de Mill, se atreve a dirigirse al creyente que se define a sí mismo como católico,  evangélico, bautista, mormón o la denominación tradicional que sea, pero que a la vez mantiene notables disidencias de pensamiento respecto a su iglesia. No, no pretendo cuestionar su fe en una trascendencia espiritual, eso es muy suyo, quisiera más bien, y si me lo permite, proponerle seguir por ese camino, su derecho, pero de una manera algo distinta.

A de saber tan bien como yo, e incluso compartir mi escepticismo y crítica respecto a los autoproclamados líderes religiosos; casi lo puedo ver moviendo la cabeza de desaprobación por la última burrada de Justo Orozco, o visiblemente irritado por los arranques de medievalismo tardío del obispo Ulloa; estoy seguro -discúlpeme si me equivoco- que está a favor de que ese amigo gay o hermana lesbiana tenga derechos que se les niegan, o defiende que la gente viva su sexualidad con libertad, sin mojigaterías obsoletas ¡que carajos tiene de malo que alguien se ponga un bendito condón!

Le propongo esto, espero le guste: renuncie al título. Si creció en una familia católica y vomita cada vez que el párroco despotrica barbaridades, renuncie a llamarse católico, deje de ir a misa, cambié la opción de creencias religiosas en Facebook de "católico" a "espiritual", conteste en las encuestas que no tiene religión pero cree en Dios, ¡no vaya a la Romería! y siga como hasta ahora, fiel a su conciencia y no a líderes mezquinos e interesados. 


Va lo mismo si su título de cuna es mormón o evangélico ¿sabe por qué? porque ellos, los que se llaman sus pastores, se aprovechan de su nombre para hacer exactamente lo contrario de lo que usted cree o desea, para crear un mundo en el que incluso gente como usted no tiene cabida. No más pregúntele a Leonardo Boff  o a Ernesto Cardenal, o lea la historia de Jan Huss y Giordano Bruno

No sé si me explico bien, debe ser por que no soy John Stuart Mill, él sí que lo sabía decir bonito, por que él también creía que las personas podían ser mejor que sus creencias ancestrales:

"Porque los seres humanos siempre mejoran más que su religión y van dejando atrás, una por una, las partes más perversas de ésta, deteniéndose más y más en aquellas otras mejores o que, por lo menos admiten una mejor interpretación".

¿Cree usted en la figura de Jesús como símbolo de paz, amor y fraternidad, pero le importa poco la historia de la inmaculada concepción?  es porque usted es capaz de pensar por sí mismo y sacar lo mejor de la doctrina que le inculcaron sin consultarle; usted es más que el título que le endilgaron, pero entiéndame, eso no basta, ellos siguen utilizando su nombre para serrucharle el piso a otros, blasfemos, ateos, homosexuales y herejes, y más tarde irán por usted, por disidente, por pensar ligeramente distinto a ellos.

Acabo aquí, sé que me entiende el punto. Creo que comprende la necesidad de que cada mujer y hombre de este país, o de cualquier otro, empiece a ver su fe como un asunto estrictamente personal, de su decisión y guiada por su conciencia y su pensamiento, que comience a restarle poder a esos hombres -porque la mayoría son varones, no mujeres- que hablan en nombre suyo pero se ríen de usted a sus espaldas, de la suya y la de su sus parientes y amigos queridos, promoviendo una sociedad espantosa donde las personas tendrán que ser uniformes, sumisas y aburridas para tener un lugar, uno mísero por cierto.

Una última cosa, si quiere ir más allá, si es católico de cuna y ya no quiere serlo mas, apostate (lo que significa que renuncia a la iglesia, no a su fe), es sencillo, le recomiendo que lo haga el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, ese día se realizará una Apostasía Colectiva en varios países de Latinoamérica, incluida Costa Rica. ¿Suena entretenido hacerlo en grupo no? pero en un grupo de personas pensantes, que quieren seguir su propio camino, sea cual sea, no el de otros malintencionados que nos ven la cara de borregos y quieren guiarnos al redil, o al matadero. 




Publicado en la Revista Paquidermo

2 comentarios:

Danilo Mora dijo...

Excelente artículo, felicitaciones de verdad. Toca hondo en el alma y quiebra algunos vidrios en la cabeza.

Los líderes religiosos son sólo eso, simples personas promoviendo creencias. Error mayúsculo: endiosarlos o tomar sus palabras como mandato divino o absoluto.

La reflexión racional despojada de costumbres conduce a una vida más próspera, libre y feliz.

César dijo...

Gracias por tu acertado comentario Danilo.