viernes, 14 de mayo de 2010

En el tiempo antes del tiempo


Un rotundo no asesta un golpe seco en las narices del cordón americano, una vez más la próspera anciana hace un berrinche y olvida sus promesas.

Asociación, dislocación, que importa cuando tras bellos eufemismos se esconde el mismo objetivo, ley de la selva humana, darwinismo spenceriano, sobrevivencia del más fuerte, o del más próspero por los siglos de los siglos.

Sobre la mesa de noche, en un texto inacabado, descansa un concepto difícil de obviar: Androcracia, o lo que es lo mismo, gobierno de los hombres basado en la fuerza y en la violencia, en la imposición del poder por encima de la cooperación, la solidaridad y el sentido común. Dice Eisler -la que escribe- que nos quieren convencer que siempre ha sido así, desde los orígenes, cuando nos batíamos en duelo con los elementos y éramos no más que un bocadillo en el menú de las bestias. Si, si, recuerdo que los libros del colegio decían algo parecido.

Ahora que lo decís -juego a creer que ella me escucha- miro a la jungla que me rodea y no veo otra cosa que lucha, por el lugar más alto, por ser más capaz que el otro, o al menos lograr que ese otro aterrice de nariz mientras uso su espalda como escalera al paraíso de los éxitos. Y yo, como tantos, que creí  que cuando la Vieja Europa hablaba de cooperación lo decía en serio ¡tan ingenuo!  ¿desde cuándo ha sido de otro modo? 


Me decís Riane, jugando con mis sentimientos, que hubo un antes de esta demencia en que, esta vez si, hombres y mujeres vivían no para competir sino para cooperar, que la máxima era crear y no destruir, construir en conjunto para mejorar y no construir para superar la Torre de Babel del contrario ¿en serio querés que te crea? ok, ok, me enseñás evidencia, sabés como juego, quizá sea cierto que en el tiempo antes del tiempo, allá por el Neolítico, la guerra no era un deporte (ni un negocio), las ciudades carecían de murallas y las mujeres no estaban abajo de los hombres, sino a la par, como iguales, es más, dices que hasta la deidad era femenina, por aquel símil entre fertilidad de la tierra y fecundidad femenina, poder de dar vida, no de quitarla.  Claro que no adoraría a una diosa de piedra como tampoco lo hago con el dios de bronce que llegó a nuestros días, pero comprendo tu idea, suena mejor, mucho mejor sin duda.

Fue justamente ese dios, y otros de su tipo quienes destronaron a tu diosa e impusieron el otro poder, el de la muerte, el del terror y la fuerza, y ese es el mundo que recordamos, el que aprendimos en clase, el que "siempre ha sido así". Propones otro término, Gilania, palabra que en griego infiere conjunción de mujer y hombre, en sintonía, en cooperación, como alternativa ¿estás hablando en serio?

Me queda dando vueltas en la cabeza: un mundo  de iguales, donde el más fuerte, cruel o rico ceda lugar a la cooperación, a la solidaridad, a la igualdad, a la creatividad por si misma, para entregarla en beneficio del  grupo, donde la sangre no brote en nombre del poder. Suena demasiado bien, mi pesimismo ya me reclamó.

Quizá por ahora sea un sueño, en estos tiempos de locura, donde el más poderoso sazona al débil con promesas de asociación y bienestar común. El monstruo afinó su discurso y viste de etiqueta,  pero su apetito sigue siendo voraz.






La imagen del post: Vlad el Empalador, principe rumano que empalaba a sus enemigos en estacas. Su crueldad inspiró a Bram Stocker para crear a Drácula.

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