jueves, 16 de julio de 2009

Platón y los mundos adyacentes



Los orígenes del ideal dualista


Demócrito irritaba a Platón. Cuenta los relatos griegos que dos pitagóricos cercanos al maestro, Amiclas y Clinias, lo alertaron de los muchos libros que circulaban con las ideas escandalosas de Demócrito sobre el mundo y de cómo se necesitaría más que un auto de fe para hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Platón los invisibilizó a su modo, excluyendo el nombre del antagonista de sus famosos diálogos.
Y es que Platón pensaba diferente que Demócrito, según él el mundo se desdoblaba en dos, el material y el ideático, una que se degrada y otro que es permanente e inmutable, pero para Demócrito tal dualidad no existía, su tesis atomista dejaba al primero como el único, verdadero y tangible. Dos milenios y medio más tarde el pensamiento de ambos filósofos sobrevive, pero en condiciones bien distintas.
Platón, mentor cristiano
No nos confundamos, Platón era pagano, es decir, adoraba otros dioses, los griegos, y nació poco más de cuatro siglos antes de la llegada del Jesús histórico, pero su filosofía, la platónica, trascendió las fronteras del tiempo y las creencias para reencarnar en los patriarcas de la fe monoteísta que floreció en las entrañas de un imperio en decadencia. Las ideas sobre la dualidad alma/cuerpo y la existencia de un mundo inmaterial no proceden propiamente de la religión hebrea, no, pues su credo tribal, si bien presentaba a un dios rabioso y todopoderoso, también carecía de la idea de la inmortalidad del alma y no fue de otra hasta que la cultura egipcia y helena la influyera poderosamente.
El concepto del alma no nació con Platón pero fue con él que se consolidó en la psique de la cultura moderna. Fue de él, no de la fe judaica, que los padres del cristianismo tomaron tales ideas, tratando a su vez de tapar los vacíos intelectuales que dejaban los inconsistentes evangelios. Esto porque muchos de esos “padres” no eran individuos ingenuos, algunos, como Agustín de Hipona, fueron hombres cultos en su época, que al ver la limitación erudita de la biblia apelaron al pensamiento platónico para rellenar los vacíos. Fue de Hipona, quien se vio reflejado en los conceptos metafísicos de su maestro griego:


"Dicen que fue Platón el primero en dar nombre a las "ideas"; mas no por ser desconocido este nombre, no existían las cosas mismas que él llamo ideas [...]. Porque son las ideas ciertas formas principales o razones permanentes e invariables de las cosas, las cuales no han sido formadas, y por esto son eternas y permanecen siempre en el mismo estado, contenidas en la divina inteligencia. Y siendo así que ellas ni nacen ni mueren, con todo se dice que está formado según ellas todo lo que puede nacer y morir, y todo lo que nace y muere." (Agustín, "Sobre diversas cuestiones").

Hipona y otras figuras de relevancia para el cristianismo llevaron el parecido a límites insospechados: lo que para Platón era el mundo de las ideas para el cristianismo fue el mundo de lo sobrenatural, Dios; lo que el heleno calificó de mundo sensible, para la nueva fe fue el mundo terrenal. La conceptualización que hizo Platón del mundo verdadero (donde reside lo inmutable, la inmortalidad y el alma) fue tomada casi literalmente por Agustín y sus acólitos, y así sucesivamente.
Una sola carne
No deja de sorprender entonces que ese dualismo platónico se extendiera a la idealización de la sexualidad humana. Para Platón la intimidad sexual se definía por la necesidad espiritual de hombre y mujer de volver a ser uno, regresar a aquella raza mitológica andrógina y que fue dividida en dos por los dioses celosos. Se reduce el sexo, según la razón platónica, a la unión de hombre y mujer con fines trascendentales, no físicos, preparando el camino al ideal del matrimonio cristiano.
El filósofo Michel Onfray explica este reduccionismo de la siguiente manera:


“Un duro deseo muestra la sumisión de los hombres a un destino más fuerte que ellos. La energía que trabaja el cuerpo lo taladra, lo socava, lo hurga y lo vacía. En la hipótesis platónica, esta obra de lo negativo se compensa por la positividad de una fatalidad: las relaciones sexuales entre personas del mismo género, homosexuales, lesbianas, pero también, aunque el texto no lo diga, todas las formas de sexualidad posible e imaginable, encuentran su razón de ser en la pareja primitiva y genealógica. Se aspira a lo que se fue, sin esperanza de otra cosa diferente, sin la chispa de una posibilidad de escapar a nuestro determinismo de crucificados.” (Onfray, "Teoría del Cuerpo Enamorado")

Se resume entonces que, según Platón y sus seguidores cristianos, el sexo se reduce a una relación ideal de géneros distintos, nada más sería posible más allá de ello, castrando de raíz cualquier otra expresión humana y lo peor, elevando al plano inmaterial, o sea el vacío, la meta de la sexualidad, eliminando la realidad exclusivamente corpórea y hedonista de la misma.
Pedro Langa, sacerdote católico, en su obra “San Agustín y el progreso de la teología matrimonial” admite el paralelismo entre platonismo y cristianismo, y la inevitable corriente en que el segundo se ve arrastrado al seguir al primero:


“Al plantear su antropología sobre categorías platónicas, San Agustín acabará compartiendo el espiritualismo exagerado de esta filosofía, lo que lo empujará a la depreciación y desestima de la materia y del cuerpo, y en consecuencia, a incurrir en una ética sexual rigorista”.

Más allá del dualismo hombre-mujer y su anhelo “superior”, el concepto platónico/cristiano se extendió hasta llegar al ideal ascético del que Pablo de Tarso y sus sucesores fueron tan afines, hasta nuestros días. Hoy el platonismo sobrevive (antes properaba) gracias al cristianismo, que le debe a aquel mucho de su contenido intelectual.
Platón es considerado hoy como el filósofo clásico más influyente en la cultura occidental, sus reflexiones sentaron las bases de muchísimas de las cosas en las que hoy creemos (incluso si no eres cristiano) y fue él, siendo pre-cristiano, tanto o más influyente en esa religión que Pedro, Pablo, Agustín o Tomás de Aquino, los cuales –caso de Agustín- tradujeron los pensamientos del griego al lenguaje de las mayorías. El cristianismo es por tanto “platonismo para el pueblo”, como sentenció Nietzsche.
En tanto, las ideas de Demócrito también sobreviven, (enriquecidas por pensadores posteriores) no con tanta popularidad pero si como una alternativa para los que creen que todo aquel idealismo que pregona la existencia de dos realidades no pasa de ser simples divagaciones, a veces intelectuales, casi siempre sentimentales, y que no quieren admitir la máxima expresada por Camus en el Mito de Sísifo: "no hay más que un mundo".

Publicado también en Humanismosecularcr.com

No hay comentarios: