viernes, 19 de junio de 2009

SEXO, PLACER Y PECADO


La prédica de la castidad es una incitación a lo antinatural. Todo menosprecio de la vida sexual, todo ensuciamiento de la misma por medio del concepto de lo «impuro» es el verdadero pecado contra el espíritu sagrado de la vida. - Friedrich Nietzsche


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El significado del sexo ha oscilado en dos vertientes a lo largo de la historia: una la de mirar esa actividad como una fuente de bien, canal de acceso a lo divino y otra que la mira con desdén, como un acto sucio, impuro y que hay que limitar lo máximo posible, evitarlo si es necesario.
Se sabe que antes de la aparición de los grandes dioses masculinos de la historia, (Ra, Zeus, Thor, Mitra o Yavhé/Jehová) la humanidad veneraba y rendía culto a las diosas madre, esto como una ejemplificación de la fertilidad y la aceptación de que el género femenino era el portador de la vida. En la época prehistórica, antes de la aparición de las primeras grandes civilizaciones, las personas veían el alumbramiento como algo mágico, por lo que fue natural que las primeras figuras celestiales tuvieran forma de mujer.
El sexo tampoco fue denostado entre estas gentes, se tienen evidencias que aún en la era de las sociedades complejas el acto sexual formaba parte de complicados rituales religiosos, que incluían prostitutas sagradas en los templos, pérdida de la virginidad de manera litúrgica u orgías sacras. En síntesis, la práctica del sexo era no solo natural sino parte importante de la vida de los seres humanos. Era una manera de santificarse.
¿Qué pasó después? Se sabe que en algún momento de la historia tal libertad sexual generó anticuerpos en algunas mentes y sociedades primitivas, por ejemplo en la cultura griega apareció el orfismo, una especie de secta ascética que despreciaba al cuerpo, y aunque el rechazo a la sexualidad no era eje de su discurso si la miraban con desprecio, como una actividad que alejaba en lugar de acercar a los dioses.
Más o menos contemporáneos a estos griegos ascetas hacían de las suyas los profetas judíos, quienes en su afán de alejar a sus compatriotas de las liberales culturas vecinas impulsaron el culto a un solo dios, primero proclamándolo como el más grande entre todos y después como el único. Este dios, Yavhé, era hombre, carecía de pareja, algo poco común entre las deidades de su tiempo (Baal tenía a Asera, Zeus a Hera), era solitario, malhumorado y violento, pero en especial padecía de un asco compulsivo al sexo que él mismo afirmaba haber creado junto con todo el resto del Universo. Este dios, que alguna vez fue una deidad semítica de la tormenta impregnó (¿o fue al revés?) a sus profetas de odio a la libertad sexual y ordenó a sus súbditos a guardar el sexo solo para la reproducción, despojándolo de placer, colocando a las esposa en calidad de posesión del marido y castigando severamente absolutamente todo lo demás: onanismo, masturbación, relaciones con el mismo sexo, coito pre-matrimonial, todo, aunque tuvo la deferencia de permitir a sus más queridos subordinados coger con concubinas o esclavas cuando sus mujeres eran infértiles -que lo diga Abraham- surtir a los reyes con un harén, como el de Salomón, o hacerse de la vista gorda cuando su preferido, David, mantenía aquella entrañable e íntima amistad con Jonatán.
De local a universal
El Viejo Testamento, sumario del pensamiento de una etnia monoteísta del desierto, abunda en ejemplos de esta aversión, aunque, como dijimos antes, algunos movimientos similares existieron en otras culturas, como la griega, aunque nunca llegaron a dominar por completo a una sociedad, como sí sucedió en la judía.
Fue necesario esperar varios siglos para que esta manía dejara de ser provinciana para conquistar otras tierras, era el turno de los cristianos, quienes demostraron que sí se podía ser más alérgico al sexo. Su fundador oficial, Jesús, condenó las relaciones pre-matrimoniales y desechó el divorcio que Moisés, los egipcios, romanos y babilónicos habían legalizado.
Curiosamente, Jesús no condenó la homosexualidad y aunque sus seguidores afirman lo contrario, el improbable que fuera célibe, estado civil inaceptable entre los judíos, y él lo era, por lo que es más concebible que estuviera casado, posiblemente con María Magdalena, la calumniada mujer que no fue prostituta y si la más devota de entre sus discípulos.
Tuvieron que pasar décadas o siglos para que todo rastro el Jesús hombre se borrara, ya en épocas de Constantino Jesús era Cristo, hijo de dios además de mesías davídico, parido milagrosamente de mujer virgen, célibe y solitario. Se consolidaba el modelo cristiano a seguir.
De las épocas de los primeros cristianos abundan las enseñanzas ascéticas de sus padres institutores, desde Pablo de Tarso, el fundador extraoficial del cristianismo, predicando la castidad como la mayor virtud, hasta Agustín de Hipona, el hedonista arrepentido, Jerónimo, Crisóstomo y otros tantos, quienes no solo pulieron la idea de la suciedad del sexo sino que promulgaron también el monacato, la virginidad e incluso el desaseo corporal como preparación para el mundo venidero.
Y así llegamos, pasando por los tiempos medievales que dieron a luz a monjas erotizadas como Teresa de Ávila (primera imagen del artículo) y Matilde de Magdeburdo, llegando al establecimiento oficial del celibato sacerdotal en el Concilio de Trento (Siglo XVI), en parte empujado por los desmanes de un clero que no predicaba (ni ha predicado nunca) con el ejemplo, hasta nuestros días, desde las denuncias por abusos del clero en Irlanda y en otras tantas partes del mundo, pasando por los judíos ortodoxos que no saludan a las mujeres por impuras, al telepredicador estadounidense que predicaba la pureza sexual mientras pagaba por sexo y los musulmanes observantes de la Sharia que cuelgan homosexuales en Arabia Saudí y avalan el matrimonio de varones adultos con niñas.
Es inconcebible como hoy estas ideas vetustas siguen vigentes, tanto en legislaciones como en los códigos morales. Lo que pensaron hacen 2500 años unos pastores de Medio Oriente que creían que la tierra era plana y los murciélagos aves (se les disculpa) continúa teniendo valor en las mentes de gentes modernas ¿tiene sentido? El filósofo Friedrich Nietzsche proclamó una vez la urgencia de transmutar los valores, los que guían nuestra sexualidad urgen de ello, despojarla de culpa, de pecados imaginarios y regresarle su pureza, la que solo da una naturaleza que la ideó para crear, no para condenar, la que da placer, que es bueno, ¡no más arrepentimiento por sentir y buscar placer!
Que sea libre, para practicarlo como cada quien quiera, con quien quiera y cuando quiera, solo respetando la máxima de no hacer daño al semejante o al más débil, ni hacer lo que no queremos que nos hagan a nosotros.
Que así sea.
Vea "la monogamía no es natural" del programa REDES de Eduard Punset.
Libros recomendados:

7 comentarios:

Anónimo dijo...

César: La mayoría de las religiones que precedieron al cristianismo habían logrado integrar el sexo, de manera muy natural, con la vida diaria. El judaísmo, del cual el cristianismo no fue al inicio más que una secta, ya era sexofóbico desde antes. Así que bastaron unos cuantos toques del misógino Pablo -verdadero creador del critianismo- para que la cosa cambiara drásticamente.

De ser el sexo algo maravilloso, capaz de hacerte trascender con el misterio, como una verdadera comunión, pasó a ser algo vergonzoso, sucio, indeseado y solo permisible en la "santidad" de la vida matrimonial. Pero -siempre según Pablo- si se podía prescindir de él y vivir como célibe, en castidad, todavía mejor. Solo así te explicás el
montón de enfermos mentales que se castraban para sentirse más cercas de las promesas de la "otra" vida.

El tema es amplio. Merecería más consideraciones.

Hugo.

Sergio dijo...

Cesar:

Gracias por la iluminacion. Precisamente hace un par de semanas hablaba con una amiga sobre un tema relacionado y no pudimos llegar a mucho ya que ambos careciamos de la informacion necesaria para darle profundidad al discurso.

Saludos

Anónimo dijo...

Gracias César por la referencia, el tema es de importancia capital, todavía hoy en día. Alguna vez descubriremos nuevamente la "vida natural" (Thoureau).

Edgar F.

Anónimo dijo...

César, genial que traigás a colación el tema de las deidades femeninas y todo el discurso de alabanza a la fertilidad. Y que bueno que haya tanta gente interesada en estos temas. Tu blog me anima a retomar una lectura y el análisis que tenía perdidos por ahí.

Evelyn

Álvaro Herrera Ortiz dijo...

César, que bien que se haya difundido bastante éste post, veo que iluminaste a varios.
Disfruto mucho como se "enciende" la conciencia en otros sobre la terriblemente equivocada visión que nos impúsieron en la critiandad por siglos.
Felicidades.

vivir dijo...

También recomiendo (como siempre! :) a Riane Eisler, El Cáliz y la espada, por ejemplo.

vivir dijo...

como siempre, recomendad la lectura de Riane Eisler, El Cáliz y la Espada entre otros