martes, 19 de mayo de 2009

La hipótesis innecesaria


De cómo Napoleón obvió el razonamiento de un matemático y de cómo otros siguieron el ejemplo.


Apasionado de la estrategia militar y los juegos políticos que lo llevaron a lo más alto del poder es difícil imaginar que el “Tratado sobre la Mecánica Celeste” de Pierre Simon Laplace causara demasiado interés en Napoleón Bonaparte (15 agosto 1769 - 5 de mayo, 1821). El periodista y escritor, Cristopher Hitchens especuló que al emperador le interesaba más el modelo a escala del Sistema Solar de Laplace que su teoría sobre la explicación de la variación de las órbitas planetarias que Newton, frustrado por no encontrar respuestas, había atribuido a causas divinas.
Se cuenta que Napoleón preguntó a Laplace dónde estaba ubicado dios en toda su explicación, “Habéis escrito un libro sobre el sistema del Universo, sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador” dijo, a lo que el científico respondió una contundente frase que pasó a la historia: “No he necesitado esa hipótesis”. Semejante afirmación no perjudicó a Laplace quien además de brillante científico, era un camaleón político que sobrevivió a la Revolución Francesa, al periodo bonapartista y después de éste.
Lo cierto del caso es que es probable que para Napoleón aquella sentencia de Laplace solo fuera una anécdota, porque desde hacia tiempo el brillante estratega militar había decidido que aquella hipótesis aunque innecesaria era útil y la había hecho parte de sus método para consolidarse en el poder. No mucho tiempo antes se había coronado emperador en la catedral de Notre Dame en presencia del Papa Pío VII, acto que pudo consolidarlo como un baluarte de la fe de no haber sido porque el mismo soberano dejó por sentado su concepto sobre la religión:
¿Cómo se puede tener orden en un estado sin religión? La religión es un formidable medio para tener quieta a la gente.”

Que actual suena esa afirmación, en pleno siglo XXI los gobernantes o líderes legitimados frecuentemente por la religión, inventan guerras, algunas en nombre de esa misma fe (Bush, Osama), se impide la investigación científica (Bush otra vez), se crean o se defienden leyes que discriminan en nombre de un credo (anti-aborto, anti-uniones gay, pro-estado confesional) y todavía se entonan plegarias en la entronización de un presidente (Obama). La mancuerna entre poder político y poder religioso, aunque disminuida por el avance del laicismo aún funciona y sigue siendo una herramienta útil para gobernar, a menudo con fines mezquinos, y tener quieta a la gente, o a moverla para defender sofismas que en otro contexto le avergonzaría. Es momento de aceptar que el alegato de Laplace debería ser puesto en práctica más a menudo en nuestras sociedades, ojalá siempre, total, salvo para el político oportunista, ¿para qué sirve una hipótesis innecesaria?

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