jueves, 26 de febrero de 2009

LEÓN, ATILA Y LA CUARESMA




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El año en que iba a morir, el 461, León I dio una directriz que aún hoy tiene eco, dijo a sus seguidores que había que abstenerse para que “puedan cumplir con su ayuno la institución apostólica de los cuarenta días", era, palabras más, palabras menos, la celebración de la cuaresma, la misma que movió a los católicos a pintarse una cruz de ceniza en la frente el miércoles 25 de febrero.
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León, como muchos papas, fue proclamado por sus sucesores doctor, santo y “magno”, más no es la finalidad de este artículo servir de espejo a los elogios sino mostrar el lado humano, demasiado humano, de la figura mítica.
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A León I se le recuerda por evitar que Atila invadiera y saqueara Roma en el año 452. La leyenda cristiana gusta de retratar el momento con un aura de misticismo, donde el rey de los hunos quedó extasiado por la presencia y las palabras del prelado (vea la pintura de Rafael que ilustra este artículo), que lo disuadieron a retirarse sin su premio, sin embargo y aunque no se sabe con exactitud qué fue lo que pasó, lo cierto es que la decadente ciudad era casa de la peste, o sea un mal lugar para invadir, y que el conquistador se llevara una importante cantidad de oro a cambio de su perdón y de no arriesgarse a perder su ejército.
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La retirada de Atila elevó la popularidad del ya influyente papa entre las masas desesperadas y miserables, y echó una palada de tierra más a la tumba de la figura del emperador, pues mientras León hacía lo suyo para salvar la metrópoli
Valentiniano III se escondía para hacer lo propio por su pellejo.
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Ni toda la santidad papal, ni todo el oro eclesial sirvieron para repetir la historia, cuando el rey de los Vándalos, Genserico, atravesó las puertas de la ciudad para saquearla en el 455.
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Mientras el Imperio decaía la facción cristiana de la que León era miembro crecía y crecía en poder e influencia desde que el
Teodosio la declaró religión oficial en el año 380. Montados en el carro del poder los líderes religiosos en cuestión aplicaron, literalmente, la ley del Talión, persiguiendo, encarcelando y matando a los paganos que una vez los acosaron a ellos. Siguiendo esa tradición León I alentó a los emperadores de turno a perseguir incluso a cristianos de otras denominaciones, como los Pelangianistas, los Priscillianistas y los Maniqueos, e hizo especial énfasis en poner en práctica los 65 decretos contra los herejes promulgados en el Código Teodosiano. Mientras el Imperio se desmoronaba la religión cristiana nicena se enriquecía gracias a las propiedades y los bienes confiscados.
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El día que iba a morir, un 10 de noviembre del 461, León podía estar tranquilo, además de consolidar el poder místico sobre las mentes había sentado las bases de un gobierno terrenal, el del papado, que una vez desaparecido el Imperio se alzó como uno de los principales poderes políticos y militares de la Edad Media aunque el primero en dominio ideológico, capaz de empujar a otros reinos a guerras de religión como las cruzadas, a las políticas de exterminio masivo de la Inquisición en Europa y América y, más sutil pero más poderosa aún, la capacidad de adoctrinar a millones de personas para que creyeran en la divinidad de un enigmático predicador judío, en su ejecución para calmar la ira de su alter ego paterno y la promesa irreal de vivir después de morir, razón por la que millones de católicos de hoy celebran la cuaresma.
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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Voy a estar leyendo tu blog, porque es mucho lo que hay que conocer y soy una curiosa mujer. Además está chido que también sigas lo que escribe Saramago. Yo vivo en México y mi blog (nada científico) es saudosidades
Saludos.

Jeudy Blanco dijo...

Es curioso como la gente (me refiero a los católicos) no conocen practicamente NADA de la historia de los "papas". La imagen que tienen del papa es la de JPII y creen que todos fueron asi en el pasado. Si supieran todas las intrigas por poder que hubo (y hay!) otra seria la historia.

Interesantisimo su articulo colega César :-)