jueves, 13 de noviembre de 2008

Morir y seguir viviendo


"La muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida."

André Malraux
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Puede que el dolor más profundo y amargo que experimentemos los seres humanos es ver morir a un ser amado, quizá no exista sobre la tierra un sentimiento de tal impacto en la vida de los vivos, obligados a continuar con su existencia hasta nuevo aviso.


La muerte es dura, eso lo sabe todo el mundo, pero adquiere una connotación especialmente cruel cuando toca la puerta de tu casa: un hermano, un pariente cercano, un cónyuge, un hijo. Hay poco que decir para consolar un espíritu abatido por la pérdida.


Fue hace miles de años, posiblemente en una cueva o en un refugio rústico a la orilla del mar cuando los primeros hombres y mujeres lo entendieron, estaban vivos pero morirían algún día, es imposible saber que pensaron, en qué momento cayeron en la cuenta estas personas de la inevitable realidad, pero lo que sí podemos suponer con seguridad es que el sentimiento de pérdida y finitud los angustió a ellos tanto como ahora a nosotros. Es por ellos y por su desconocimiento del mundo que nacieron las primeras explicaciones místicas, las primeras ideas de la inmortalidad.

Los egipcios le dieron un estilo particularmente elegante a la idea del paso al “otro mundo”, las momias y pirámides evidencian un concepto de trascendencia que de ningún modo fue exclusivo y que muchas otras culturas compartieron, sin embargo, el hecho de que todas esas civilizaciones tuvieran el mismo anhelo -vivir después de morir- ¿hace de ese anhelo una realidad? Para mucha gente el hecho de que todas las personas, indistintamente de su época, ubicación geográfica o costumbres piensen que el asunto no acababa en la tumba es suficiente evidencia para suponer que hay algo más allá.


Carl Sagan, famoso divulgador científico, ya fallecido, expuso ese afán tan nuestro de querer concretar los sueños basándonos solo en el deseo:


“En el corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión antigua o de la «Nueva Era») se encuentra la idea de que el deseo lo convierte casi todo en realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y leyendas folclóricas, satisfacer el deseo de nuestro corazón sólo deseándolo.
Qué seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la suerte que se suele necesitar para colmar nuestras esperanzas.”


En la idea de la inmortalidad yace un anhelo inocente de que nuestro mayor temor no es invencible, que la muerte física es solo una transición a una vida mejor, perenne, sin tristeza. En ese concepto se asienta la doctrina de nuestras religiones y es allí donde la cabeza del que escribe golpea con el muro, sencillamente son solo vanas ilusiones, el deseo no basta.


Y es que la fe de las personas, la mayoría, solo se sostiene en deseos, promesas de aire, bellas palabras, afirmaciones y enseñanzas de hombres y mujeres que sabían menos del mundo que un niño de 7 años del siglo XXI. Sostener ideas semejantes con esos argumentos es hacer equilibrio sobre un hilo de tela y con botas de hule…y es innecesario.

Moriremos, eso es un hecho, morirán los que amamos, cuando no lo sabemos, el filósofo Sam Harris descorazona al afirmar que la vida parece a veces un gran espectáculo de pérdida pero no deja de tener razón, la incertidumbre sobre el futuro nos acompaña y la muerte está tan segura de ganar que nos da una vida de ventaja. Lo único que sabemos con certeza, con evidencias tangibles es que nuestro ser, nuestra conciencia y personalidad mueren con el resto del cuerpo. Fin de la historia.

Conociendo de antemano el desenlace ¿Qué nos queda? Bueno, veámoslo con filosofía ¿estamos vivos no? Empezar por alegrarse por ello es un buen principio; ¿siguen la mayoría de tus parientes vivos? Excelente, aprovecha el momento, mañana no sabes y no lo esperes para lamentar que no los apreciaste; plantéate metas aunque no sepas si podrás cumplirlas que no hay peor cosa que el quietismo, la mediocridad y el pesimismo; disfruta los placeres de la vida y si quieres con moderación para que tengas más años para seguir haciéndolo: bebe, come, ten buen sexo con o sin amor pero con protección, conduce tu automóvil como persona civilizada y no como terrorista suicida, evita hacer lo que no quieres que te hagan, no pierdas el tiempo en rituales inertes, lee y aprende tanto como puedas. Atiende al buen consejo de Epicuro, el hedonista con seso, y que la muerte no te sorprenda insatisfecho.


Y sobre los que ya se fueron guarda el mejor recuerdo en el corazón, honra su nombre hasta el día que toque seguir el mismo camino.




"Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte."




Leonardo da Vinci




En memoria de tío Manuel. Te extrañaremos.

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