martes, 18 de noviembre de 2008

El complejo del Elegido (*)


César Barrantes B.

Un sentimiento de ser mejor que los demás disfrazado de falsa humildad.

Puede que sea una de las palabras más repetidas en el habla cotidiana de la gente: “Si dios quiere”, “gracias a dios”, “dios primero”, “dios lo bendiga”, “dios lo acompañe” y hasta “adiós” tiene algo que ver.


En fin, a pesar de mi ateísmo positivo me he acostumbrado a la jerga popular. Consciente de que al menos 9 de cada 10 personas (oficialmente) creen en algún tipo de entidad superior recibo con tranquilidad y diplomacia cualquier bendición o indicativo de que la paga por “X” favor (aunque no espere ninguna) vendrá de arriba. Insisto, ya me acostumbré y no me molesta.


Pero hay algo que si mi irrita un poco, bueno está bien me irrita bastante lo admito, y lo he bautizado como “El complejo del elegido”, primo hermano del “complejo de superioridad” pero endulzado con un falso aire de humildad. Usted lo puede encontrar en todos lados, en la cancha de fútbol, en los perfiles de redes sociales de Internet, en las conversaciones comunes, es aquel que se identifica más o menos así: “gracias a él ganamos el partido”, “soy feliz por todo lo que dios me ha dado” “él me ha elegido” “él me ama y me ha bendecido”, “me ha puesto una misión”, “sigo el camino que me ha dado”, “el me protege” “me envía sus ángeles para protegerme”, “somos ungidos del señor” y “salí ileso del accidente gracias a dios” etc. Hablo de las frases cajoneras que evidencian un mal disimulado sentimiento de ser más especiales que los otros solo porque las circunstancias, el azar o la suerte jugaron a favor.


No me molestaría si no fuera porque de verdad tantos lo creen. Parece increíble pero pasa: un sujeto cualquiera, hombre o mujer, generalmente con una vida ordinaria con problemas ordinarios, está convencido/a de que tiene a su disposición los oídos divinos pero sobre todo su voluntad y tiempo para solucionarle los problemas, generalemente nimiedades, casi siempre relacionadas con frívolos problemas personales que van desde la ruptura amorosa con la novio/a de tres meses, hasta la obtención de un trabajo nuevo, y no es que no sean cosas importantes para él/ella (posiblemente para nadie más) sino que en serio piensa que cuenta con la atención de la providencia mientras ésta, al mismo tiempo, ignora padecimientos terribles, de esos que abundan en el mundo como la muerte de cientos de niños al día por desnutrición o enfermedades curables, el terrible padecimiento de los refugiados en medio de las abundantes guerras que se libran en el planeta y ni que decir de los que padecen esclavitud en pleno siglo XXI.

El argumento que desenvainan los que creen en esta especie de genio de la lámpara es la omnipresencia del Ente sobrenatural quien, sin embargo, opta por “solucionar” los pequeños problemas de un sujeto de clase media en un país relativamente calmo en lugar de los horrores de una madre que perdió a su hijo en un conflicto bélico que asesina a miles.


Y no nos vayamos lejos, ¿quién no ha escuchado a un sobreviviente de un accidente vial agradecer al cielo por sobrevivir mientras los forenses levantan los cuerpos de cinco cadáveres? ¿quién no recuerda al jugador de fútbol dar gracias por ganar el partido como si el rival no se hubiera esforzado igual o más por triunfar? digo ¿nadie nota la arrogancia? ¡admitámoslo! el que apela a esas afirmaciones se siente especial por sobre los demás semejantes aunque carezca de mérito alguno, el ejercicio del creyente de sentirse especial no es más que un acto de petulancia.


Se cuenta que en la catástrofe de Katrina en Nueva Orleans cientos de personas oraron por sus vidas para después ahogarse trágicamente, para los sobrevivientes de aquella catástrofe natural lo ocurrido ¡fortaleció su fe! Y me pregunto ¿si los fallecidos pudieran hablar dirían lo mismo?, bien lo dijo el filósofo y escritor Sam Harris: “Sólo el ateo reconoce el infinito narcisismo y el autoengaño de los que se salvaron. Sólo el ateo comprende cuán moralmente despreciable es que los sobrevivientes de una catástrofe se crean salvados por un Dios amoroso mientras que este mismo Dios ahogaba a los niños en sus cunas. Debido a que se niega a tapar la realidad del sufrimiento del mundo con el disfraz de una fantasía de vida eterna, el ateo siente hasta en los huesos cuán preciosa es la vida, y al mismo tiempo cuán desafortunados son esos millones de seres humanos que sufren el más terrible ataque a su felicidad sin ninguna razón valedera.”


¡Basta a la hipocresía y sobre todo a la soberbia de sentirse mejor que los demás! Nadie es elegido, nadie, somos todos humanos, hermanados por nuestras propias debilidades y fortalezas, responsables de nuestros destinos hasta donde alcancen las fuerzas. De ahora en adelante el que insista en considerarse especial y protegido por el dios de moda no es más que un soberbio, un arrogante o un engañado. Nada más.
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(*) El autor de este artículo es conciente de que este artículo herirá suceptibilidades por lo que aclara que sabe que no todas las personas son iguales y que es sencillo generalizar. El artículo se escribió respondiendo a apreciaciones personales y a la experiencia del autor como ex-creyente y como observador.

2 comentarios:

Wen dijo...

Bueno, está de más decir que tu artículo está bastante fuerte y ante todo, respeto tu opinión.

En mi caso, no me considero arrogante ni soberbia ni engañada, pero sí soy de las que da gracias a Dios. Ojo, no me siento especial o superior que nadie, eso debe quedar claro!

¿Alguna vez te ha sucedido algo malo que no encontrás explicación de por qué sucedió, pero con el tiempo te das cuenta que en realidad era algo que tenía que pasar para mejorar como persona?

No es que se de gracias a Dios por el dolor sufrido o por fijarse en mis "problemas" en lugar del de los demás; tal vez son las ganas de creer que no estamos solos, que existe una razón para este viaje que se llama vida y que al final todos estaremos mejor.

Pero insisto, no creo que alguien sea arrogante por dar gracias a Dios. Engañado, tal vez, desde tu perspectiva.

En fin, me gustó tu reflexión y sobretodo la honestidad con la que lo decís.

Azopfeiffer dijo...

Yo si que soy el elgido de Dios, no seré perfecto pero soy una versión perfectible de usted, jajajaja.
Me gusta lo agudo del comentario