Alegatos a favor de la Iglesia Saganiana del Cosmos Infinito
Hace
no tan poco tiempo, en el entusiasmo de un ateísmo recién descubierto,
un buen amigo y yo broméabamos sobre construir las bases de una iglesia
sostenida sobre los pilares del pensamiento de Carl Sagan (Nueva York, 9
noviembre 1934- Seattle, 20 diciembre 1996). Una buena dosis de humor
provocador y una auténtica admiración por el científico alimentó el
juego en el que la gran promesa consistiría en elevarse al Cosmos, donde
nos reencontraríamos con el gran profeta.
Ahora que lo vuelvo a
pensar, me alegra la imagen de ese rostro común que era el de Sagan,
inmortalizado tantas veces en fotografías donde luce su contagiosa
sonrisa, combinada con aquellos sacos alegremente reñidos con la moda y
sus inseparables camisas de cuello de tortuga. En honor a la verdad
tengo que admitir que lo echo de menos, como se extraña a alguien a
quien nunca se conoció en persona pero uno juraría que si, vívidamente.
Solo
para refrescar la memoria: Carl Sagan fue un científico estadounidense,
doctorado en astrofísica y astronomía de la Universidad de Chicago,
reconocido internacionalmente por su labor de divulgación científica y
promoción del pensamiento crítico. Libros de su autoría, infaltables en
la biblioteca personal como El Mundo y sus demonios, Miles de Millones,
Los Dragones del Edén (Premio Pulitzer) y la novela Contacto (este
última llevada al cine en una película del mismo nombre protagonizada
por Jodie Foster, en 1997) le hicieron famoso, pero no más que su aporte
a la ciencia, como con la investigación de la atmósfera de Venus, los
oceános de Titán y la búsqueda de vida extraterrestre, entre otros
proyectos.
En equipo con su última esposa, Ann Druyan,
(se casó tres veces y tuvo cinco hijos) construyó el disco interestelar
de las sondas Voyayer 1 y 2, que llevaron información de la especie
humana más allá del Sistema Solar. Es junto con ella, guionista y
realizadora de televisión, que Sagan produjo la laureada y mítica serie
de divulgación científica Cosmos, un viaje personal.
Impartió una
cátedra de pensamiento crítico en la Universidad de Cornell hasta su
fallecimiento en 1996, por una neumonía producto de una mielodisplasia.
Sus restos yacen en el cementerio de Ithaca, Nueva York.
Seguimos.
Mi amigo en la fe saganiana, un programador geek y consumado adicto a
la cafeína, obtuvo unos años más tarde una maestría en astrofísica y, de
una manera muy acertada digo yo, sigue alimentando esa admiración por
Sagan mirando a las estrellas y sacando de la ignorancia a aquellos que
nos quedamos en la tierra rumiando temas más mundanos. Por mi lado, la
afición por el Cosmos pasa ahora por babear en cada capítulo de El
Universo, de History Channel y en sonreír cuando mi hermana cuenta que
su hija de seis años quiere ser astronauta, como yo a esa edad.
Pero
retomemos a Sagan. Es aquí, en las antípodas de las inclinaciones
profesionales de cada quien, donde más aprecio el legado de Carl, así,
con confianza. Le recuerdo sentado en un tronco caído, disertando sobre
el peligro de un invierno nuclear, predicando en contra de la locura
armamentista de la Guerra Fría y cayendo yo en la cuenta de que sigue
hoy tan vigente como siempre.Y es que esta humanidad nuestra sigue tan
incierta como cuándo él dejó de existir, ya no hay Guerra Fría es
verdad, pero la demencia de una especie que se siente más importante de
lo que realmente es alimenta nuevamente los temores de una
autoaniquilación.
Al final de los cursos de actualidad que imparto
a candidatos y candidatas a periodistas o futuros desempleados, luego
de largos meses de debatir sobre el pleito entre los viejos codiciosos y
belicosos compinches del club nuclear y su berrinche porque los que no
lo son quieren serlo -ambos trabajando solidariamente por un mundo peor
para la humanidad- aprovecho para enseñarles ese himno al humanismo que
es un breve vídeo suyo, traducido al español como Ese pequeño punto azul pálido, que reza:
“Todas nuestras posturas, nuestra presunción imaginaria, la falsa
ilusión de que tenemos un lugar privilegiado en el Universo son
desafiadas por este pálido punto de luz...” (Entonces aparece la
fotografía de la Tierra, diminuta, tomada por una sonda en la frontera
del Sistema Solar).
O aquel cierre poético luego de recordarnos que nadie va a salvarnos de nosotros mismos:
“Para
mí recalca nuestra responsabilidad de tratarnos mas amablemente los
unos a los otros para preservar este pequeño punto azul pálido”.
Es
entonces cuando atesoro en mi mente lo que considero su mas grande
legado: Su convicción de que somos capaces de ser mejor especie, nuestra
absoluta responsabilidad por el propio destino y el llamado a dar ese
salto de conciencia que ponga fin a tantas peleas tribales, insulsas en
un vasto Cosmos indiferente, fascinante y aún por explorar.
Sagan
me ayuda a recobrar un poco de optimismo, me recuerda que esta especie
parió mujeres y hombres como él, que nos inspiran a todos, y que solo
esa evidencia es suficientemente fuerte para no dejar de luchar y creer
que la humanidad puede tener un presente y futuro decente en que podamos
convivir bien en medio de nuestra diversidad y diferencias, a fin de
cuentas ¿Para qué seguir perdiendo el tiempo si todavía hay tanto en el
Cosmos por descubrir? O mejor aún, en sus palabras: “el estudio del
universo es un viaje para auto descubrirnos ”
Gracias Carl.


